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La sociedad moderna: una máquina de generar estrés

Hoy hablaremos sobre el estrés, y lo fácil que es generarlo en nuestras sociedades y ciudades modernas.

la sociedad moderna
La sociedad moderna

Pese a la cualidad prometeica que parece innata en el ser humano en su afán de dominar sus instintos y sobrepasar cualquier atisbo de su pasado animal, lo cierto es que nuestros instintos más básicos nos siguen afectando y mucho. En la actualidad existe una entonada tendencia a ver los problemas de estrés como un problema de adaptación con la sociedad que construimos, pero ¿y si la sociedad que estamos construyendo fuese comparable a una sofisticada maquinaria especializada en generarlo? ¿y si pretender adaptarnos a esta sociedad, fuera precisamente el principal problema que tenemos?

El estrés se produce cuando los mecanismos que se activan para que el ser vivo reaccione ante un estímulo, que puede ser agresivo o perjudicial para el mismo, pueden verse comprometidos. De esta manera, el afectado trata de hacer frente al problema con los recursos de los que dispone; cuando se consigue lidiar con el conflicto hablamos de estrés positivo, nos hemos adaptado a la nueva situación. Sin embargo, las situaciones que nos generan estrés necesitan de un consumo de energías que en muchas ocasiones resultan sobrepasar nuestras reservas. Esto provoca una serie de consecuencias como:

Las diferentes patologías resumidas más arriba, así como otras muchas parecen haber llegado para quedarse en nuestras ciudades y sociedades modernas. Si nos remontamos a un estado primitivo de las cosas, donde los primeros seres humanos casi empezaban a ser conscientes del potencial futuro que tendría su inteligencia en diferencia al resto de especies que poblaban su entorno; nos damos cuenta como la variedad de estrés que podía rodearlos era muy inferior a la sobre estimulada población actual. No quiero decir con esto que la fuente de dicho estrés fuera algo despreciable, ya que bien podría provenir de un gato demasiado grande como para pararse a pensar si acaso hacerle frente. Sin embargo, si es cierto que estos antiguos parientes parecían tener muy claro qué podía ser un problema para ellos en su qué hacer cotidiano; y en cierta medida, tenían bien acotadas y diferenciadas sus posibles fuentes de estrés. Esto último, en el mundo contemporáneo, se ha convertido en una quimera; tenemos demasiadas opciones, demasiados deseos, demasiados objetos que captan nuestra atención para poner en marcha una respuesta elaborada. Existe una continua llamada a la acción, y como explicamos anteriormente, tenemos un margen limitado para responder con acierto.

El ininterrumpido ruido, las continuas llamadas a satisfacer el apetito, la precaución que se debe tener en todo momento de no entrar en espacios y territorios que no nos pertenecen o que nos están prohibidos, la sobreexcitación sexual, etc. Ponen al ser humano en todo momento en un estado de alerta que en el pasado fue mucho más ocasional y determinado. Hoy en día la publicidad y el continuo ajetreo de las grandes urbes parecen activar en nosotros, continuamente, ciertas conductas que de forma natural serían mucho más breves. Con nuestros avances, nuestras necesidades y estrés deberían estar más calmados que nunca; sin embargo, como el drogadicto que necesita su dosis de destrucción, hemos creado precisamente lo contrario. La insaciable maquinaria que seduce continuamente nuestros sentidos, y de la que parece imposible escapar, una sobrecarga de necesidades generadas en paneles publicitarios que nunca serán satisfechas. Esto parece quedar muy claro en la publicación realizada por Carlos Héctor Dorantes Rodríguez y Graciela Lorena Matus García en la revista del centro de investigación de la Universidad la Salle (ver aquí ); donde se plantean diferentes fuentes de estrés en las grandes urbes y se compara con el caso de La ciudad de México. Parece que, pese a la transformación que ha generado el ser humano en el mundo, los problemas siguen siendo los mismos que antaño: el ruido sigue siendo un estímulo sensorial que prevé situaciones desagradables y produce en la persona un rechazo al sentimiento de responsabilidad social y de cortesía, la territorialidad sigue vigente y se hace necesario un espacio propio y amplio donde sentirse cómodo además de prevenir invadir el de otros; esto se hace especialmente complicado en zonas con gran afluencia de poblaciones y donde el territorio queda dividido en grandes parcelas ajenas a gran escala y espacios u objetos personales a pequeña escala, la constante llamada a satisfacer deseos que no tienen por qué ser necesidades reales, etc. En resumidas cuentas, parece que nos hemos complicado la vida.

La pregunta, llegados a este punto, y ante la dificultad de que esta situación varíe de corto a medio plazo, parece clara. ¿Qué hacemos con el monstruo que nos hemos creado? Hablaré del monstruo para referirme a aquello que ya escapa de nuestro control y que transforma nuestra vida y nuestra tierra en innumerables enfermedades y espacios o sistemas que no facilitan nuestra salud, si no que más bien la empeoran. No pretendo tampoco hacer entender que cualquier práctica o ciencia moderna que nos distancien de aquel paisaje ancestral que explicaba anteriormente sea el problema; entiendo que aquel momento debía ser superado debido a que la supervivencia de la especie no estaba asegurada, y que cualquier amenaza para nosotros o la vida de nuestro entorno debe ser enfrentada. Pero sí me gusta comparar esa escena histórica con la actual, para sacar en claro cuáles son nuestras verdaderas necesidades, la sencillez que las caracterizan y, en resumidas cuentas, sobre qué base hemos partido para tener los problemas que tenemos.

Así continuaremos hablando del monstruo en una próxima entrada, y más concretamente, sobre los mecanismos que están asegurando su existencia. De esta manera podremos entender la manera de no alimentarlo. Además, facilitaremos las claves para no ser afectado por el mismo, y en definitivas cuentas, vencer el estrés.

Autor: Jose Vallejo. Consulta su facebook aquí

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